
La rubia y la pelirroja se sentaron a una mesa. Enseguida entró un hombre, que por el aspecto debía de ser mexicano, y ayudó a la pelirroja a quitarse el abrigo. Se dirigieron hacia la pista y se pusieron a bailar.
El hombre tendría treinta y cinco o cuarenta años y debía de medir uno setenta y cinco o uno ochenta. Era delgado y tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás, con tupé. Su tez era morena. Llevaba traje oscuro y camisa blanca con el cuello abierto.
Parecía conocer a las dos mujeres.
Otro hombre se acercó a Margie y la invitó a bailar. Tenía veinticinco aproximadamente, cabello claro, estatura y constitución medianas. Iba desaliñado y llevaba zapatillas de tenis. Estaba bebido.
Margie declinó la invitación. El borracho se alejó, irritado. Al cabo de un rato, lo vio bailar con la rubia de la coleta.
Otras cosas distrajeron su atención. Se presentó un amigo y decidió dar una vuelta en coche con él. Se marcharon a las once y media. En ese momento el borracho estaba sentado con la rubia, la pelirroja y el mexicano.
Margie no había visto a la pelirroja ni a la rubia hasta esa noche. Tampoco al mexicano. Quizás al borracho; le sonaba de algo.
Lawton y Hallinen dieron las gracias a Margie Trawick y la condujeron de regreso a su casa. La mujer accedió a someterse a un interrogatorio en los días siguientes para corroborar lo expuesto. Era casi medianoche; buena hora para sondear a los habituales de los bares.
Volvieron a pasar por el Desert Inn. Jim Bruton estaba allí, cosiendo a preguntas a los parroquianos. Lawton y Hallinen lo llevaron aparte y le soltaron la historia de Margie Trawick.
Ahora tenían más información útil. Fueron de mesa en mesa, transmitiéndola. Enseguida obtuvieron respuesta.
Alguien pensaba que el borracho tal vez fuese un patán llamado Mike Whittaker; trabajaba en la construcción y vivía en un tugurio de South San Gabriel.
