– ¿Estabas tan segura de las motivaciones que tenía para traducir?

– Claro que sí, y así lo decía en ese artículo: el sentido de la dedicación de un policía del pueblo. Wang rió e inclinó su copa a la luz del sol. En ese momento ya no era la periodista seria que había hablado con él, muy erguida en su silla frente al escritorio de su despacho y tomando notas en una libreta. El tampoco era un inspector jefe, únicamente un hombre que disfrutaba de la compañía de una mujer en su propia casa.

– Ha pasado más de un año desde el día en que nos conocimos en aquel pasillo de las oficinas del Wenhui -dijo Chen llenando de nuevo las copas-.

– «El tiempo es un pájaro./Se posa y alza el vuelo» – contestó-.

Eran versos de un poema de Chen titulado Separación. Fue todo un detalle por su parte recordarlos.

– Te habrás inspirado en una separación que no puedes olvidar -prosiguió ella-. En la separación de una persona muy querida.

Su intuición no le fallaba. El poema estaba inspirado en su separación de una gran amiga que tenía en Beijing hacía años, una separación que todavía no olvidaba. Chen nunca se lo había contado a Wang. Ella lo miró por encima del borde de su copa y luego bebió un trago largo con ojos chispeantes.

¿Había un asomo de celos en su voz?

El poema había sido escrito hacía mucho tiempo, pero no quería hablar en ese momento de su significado.

– Un poema no tiene por qué versar sobre episodios de la vida del poeta. La poesía es impersonal. Como dijo T. S. Eliot, «La poesía no consiste en expresar una crisis emocional».

¿Qué has dicho? ¿Crisis emocional? -una voz animada interrumpió la conversación-.

Era Lu, el Chino de ultramar, quien tras cruzar el umbral, entraba ruidosamente en escena. Traía un enorme pollo de mendigo, y con su cara rubicunda y su cuerpo rollizo, era la expresión de la alegría en persona, una alegría realzada por su traje blanco a la moda, con una chaqueta de hombreras bastante gruesas y una llamativa corbata roja. Su mujer, Ruru, delgada como un junco de bambú y de rasgos angulosos, llevaba un vestido amarillo muy ceñido y traía una cacerola de cerámica de color púrpura.



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