
Era una buena teoría.
– Tengo que hablar con usted -susurró el anciano-. Es urgente.
Las mejillas, redondas y joviales, contradecían a sus ojos suplicantes. De pronto, tomó a Myron por el brazo.
– Se lo ruego -añadió.
– ¿De qué se trata? -preguntó Myron.
El hombre movió el cuello como si la camisa le apretara demasiado.
– Usted es agente deportivo, ¿verdad? -preguntó.
– Sí.
– ¿Ha venido a captar clientes?
Myron entrecerró los ojos.
– ¿Cómo sabe que no he venido aquí a presenciar el espectáculo cautivador de un puñado de adultos dando un paseo?
El anciano no sonrió, aunque ya se sabe que los golfistas no son famosos precisamente por su sentido del humor. Volvió a estirar el cuello y se aproximó.
– ¿Le dice algo el nombre de Jack Coldren? -le preguntó con un ronco susurro.
– Por supuesto -respondió Myron.
Si el anciano le hubiese hecho la misma pregunta el día anterior, Myron no habría tenido ni idea de quién le hablaba. No era muy aficionado al golf (en realidad, no lo era en absoluto), y Jack Coldren había sido un jugador de tercera fila durante los últimos veinte años, pero se había convertido en el inesperado líder tras la primera jornada del Open, y ahora, cuando sólo quedaban unos pocos hoyos del segundo recorrido, iba en cabeza con una extraordinaria ventaja de nueve golpes.
– Pero ¿por qué me lo pregunta? -quiso saber Myron.
– ¿Y Linda Coldren? -inquirió el hombre-. ¿Sabe quién es?
Aquella pregunta era más fácil. Linda Coldren era la esposa de Jack y la mejor golfista de la última década.
