
Se da media vuelta, comienza a caminar en dirección contraria a la terminal y los demás se arrastran obedientemente tras ella.
Miro hacia atrás, a la terminal. Las azafatas ya pasaron a los japoneses y están casi en las palmeras.
—Vas para el otro lado —le digo a Zoe—. Tenemos que llegar a la terminal para conseguir un taxi.
Zoe se detiene. —¿Un taxi? —dice—. ¿Para qué? No están lejos. Caminando, podemos llegar en quince minutos.
—¿Quince minutos? —digo—. Giza está a quince kilómetros de El Cairo. Hay que cruzar el Nilo para llegar.
—No seas tonta —dice—, ahí están —y señala en la dirección hacia donde va caminando, y allí, pasando el asfalto, en medio de una extensión de arena, tan cerca que la imagen no fluctúa, están las Pirámides.
Capítulo 3
Conociendo el Lugar
Tardamos más de quince minutos. Las Pirámides están más lejos de lo que parece y la arena es profunda y se hace difícil caminar. Tenemos que parar cada pocos metros para que Lissa pueda vaciar las sandalias, apoyándose en Neil.
—Tendríamos que haber tomado un taxi —dice el marido de Zoe, pero no hay carreteras, ni señales de los puestos de gaseosas ni de los vendedores ambulantes de souvenirs de los que se quejaba la guía, sino sólo una ininterrumpida extensión de arena profunda y blanca, de cielo uniforme… y, a la distancia, en fila, las tres pirámides amarillas.
—“La más alta de las tres es la Pirámide de Kheops, construida en el año 2690 antes de Cristo” —dice Zoe, leyendo mientras camina—. “Tardaron treinta años en terminarla”.
—Para llegar a las Pirámides hay que tomar un taxi —digo—. Hay mucho tránsito.
—“Fue construida en la margen occidental del Nilo, que, según creían los antiguos egipcios, era el país de los muertos”.
