—“En el otro mundo, el difunto era juzgado por Anubis, un dios con cabeza de chacal” —lee Zoe—, “que pesaba su alma en una balanza de oro”.

Soy la única que la escucha. Lissa, en el asiento del lado del pasillo, le está susurrando algo a Neil; su mano casi toca la de él, que descansa en el apoyabrazos. En la otra hilera de asientos, junto a Zoe y a “Egipto Fácil, el marido de Zoe duerme y el marido de Lissa está mirando por la ventanilla y tratando de evitar que se le vuelque la bebida.

—¿Te sientes bien? —le pregunta Neil a Lissa, solícito.

“Será fantástico ir con otras dos parejas”, me dijo Neil cuando se apareció con la idea de irnos a Europa todos juntos. “Lissa y su marido son muy divertidos y Zoe sabe de todo. Será como tener una guía turística para nosotros solos”.

Es verdad. Zoe nos arrea de país en país, recitando datos históricos y equivalencias de moneda. En el Louvre, un turista francés le preguntó dónde estaba la Mona Lisa. Zoe quedó encantada. “¡Pensó que éramos un grupo de visita guiada!”, nos dijo. “¡Imagínense!”.

Imagínense.

—“Antes de ser juzgado, el difunto pronunciaba su confesión” —lee Zoe—, “que era una lista de los pecados que no había cometido, tales como: no he cazado a los pájaros de los dioses, no he mentido, no he cometido adulterio”.

Neil le palmea la mano a Lissa y se inclina hacia mí.

—¿Puedes dejarle tu lugar a Lissa? —me dice en un susurro.

Ya lo hice, pienso.

—Se supone que no debemos levantarnos —le digo, señalando las luces que están encima de los asientos—. Está encendida la señal de abrocharse los cinturones.

Neil mira a Lissa con angustia. —Tiene náuseas.

“Yo también” quiero decirle, pero temo que de eso se trate este viaje: de obligarme a decir algo.

—Está bien —contesto, y me desabrocho el cinturón de seguridad y me cambio de lugar con Lissa. Mientras se desliza por delante de Neil, el avión vuelve a descender de golpe y ella cae a medias en sus brazos. Él la sujeta. Se miran fijo.



2 из 28