La turbulencia disminuye un poco y abro los ojos y estiro la mano para volver a tomar el libro. Lo tiene Lissa.

Lo tiene abierto, pero no está leyendo. Me está mirando a mí, esperando que yo me dé cuenta, esperando que yo diga algo. Neil parece nervioso.

—¿Ya habías terminado, verdad? —me dice ella, sonriendo—. No lo estabas leyendo.

En los libros de Agatha Christie todos tienen un motivo para cometer el asesinato. Y el marido de Lissa no para de beber desde que estábamos en París y Zoe no permite que su marido termine de pronunciar una sola frase. La policía podría pensar que el marido de Zoe enloqueció de repente. O que trató de matar a Zoe y que al disparar le acertó a Lissa por error. Y en el avión no hay ningún Hércules Poirot que les diga quién cometió realmente el crimen, que resuelva el misterio y les explique todos los acontecimientos extraños.

De repente, el avión desciende a plomo, tan bruscamente que a Zoe se le cae la guía; nos hundimos unos buenos mil quinientos metros antes de recuperar altura. La guía se ha resbalado hacia adelante varias filas de asientos y ahora Zoe trata de alcanzarla con el pie, mirando el indicador de cinturones abrochados como si estuviera esperando que se apague para poder abandonar el asiento y rescatarla.

No creo, después de semejante caída, pienso, pero el indicador, casi inmediatamente, hace ping y se apaga.

Al instante, el marido de Lissa llama a la azafata para exigir otro trago, pero las azafatas, todavía pálidas y asustadas, ya se han fugado precipitadamente hacia el fondo del avión, como si temieran no poder llegar antes que la turbulencia comience de nuevo. El marido de Zoe se despierta con el ruido y después vuelve a dormirse. Zoe rescata “Egipto Fácil” del piso, lee insistentemente algunos datos más y luego lo coloca boca abajo sobre el asiento y se dirige al fondo del avión.



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