
– ¡No lo toque! -exclamó el señor Gregory con brusquedad, y yo aparté la mano de inmediato, como si me hubiese quemado. Luego añadió en voz muy baja-: Ahora será mejor que lo dejemos como lo encontramos. Ya está claro quién es.
Yo sabía que estaba muerto, pero me pareció que debíamos darle la vuelta. Me rondaba la absurda idea de que podríamos practicarle el boca a boca. Sabía que era irracional, y aun así tenía la sensación de que estábamos obligados a hacer algo. Sin embargo, el señor Gregory se quitó el guante izquierdo, puso dos dedos en el cuello de Ronald y dijo:
– Está muerto. No cabe duda de que está muerto. No podemos hacer nada por él.
Guardamos silencio durante unos segundos, de rodillas, flanqueando el cuerpo. Cualquiera que nos hubiera visto habría pensado que rezábamos, y de hecho yo habría rezado una oración por él si hubiese encontrado las palabras apropiadas. De repente salió el sol y la escena se volvió irreal, como si nos estuviesen fotografiando en color a los dos. Todo presentaba un aspecto radiante y bien definido. Los granos de arena en el pelo de Ronald brillaban como minúsculos puntos de luz.
– Hay que ir a buscar ayuda y llamar a la policía -dijo el señor Gregory-. ¿Le importaría esperar aquí? No tardaré. Si lo prefiere, puede venir conmigo, pero creo que sería mejor que uno de los dos se quedara.
– Vaya usted -contesté-. Llegará más deprisa en el coche. No me importa esperar.
Lo observé mientras caminaba hacia la escalera con toda la rapidez que le permitían las piedras, rodeaba el promontorio y desaparecía. Un minuto después oí el sonido del coche que se alejaba hacia el seminario. Me aparté unos pasos del cuerpo y me senté sobre los guijarros, removiéndome y enterrando los talones para estar más cómoda. Debajo de la superficie, los guijarros aún estaban mojados por la lluvia, y la fría humedad se filtró por el algodón de mis pantalones. Crucé los brazos sobre las rodillas y contemplé el mar.
