
Supongo que caí en una especie de trance, porque no vi ni oí a las tres figuras que se aproximaban hasta que los guijarros crujieron bajo las suelas de sus zapatos, y entonces ya estaban casi a mi lado. El padre Sebastian y el señor Gregory caminaban a la par. El padre Sebastian se había ceñido la sotana para protegerse del viento. Los dos llevaban la cabeza gacha y avanzaban con determinación, como si marcaran el paso. El padre Martin los seguía a escasa distancia, dando tumbos sobre las piedras. Recuerdo que me pareció una grosería que los otros dos no lo esperasen.
Me avergonzó que me sorprendieran sentada, así que me levanté.
– ¿Se encuentra bien, Margaret? -preguntó el padre Sebastian.
– Sí, padre -respondí, y me aparté para que pudiesen acercarse al cadáver.
El padre Sebastian se santiguó.
– Es una calamidad -dijo.
Incluso entonces me extrañó que emplease esa palabra y comprendí que no estaba pensando en Ronald Treeves, sino en el seminario.
Se inclinó y tocó la nuca de Ronald.
– No hay duda: está muerto -señaló el señor Gregory con aspereza-. No es aconsejable mover más el cadáver.
El padre Martin se había detenido a unos pasos de allí. Vi que sus labios se movían. Supongo que estaba rezando.
– Si tiene la gentileza de volver al seminario y esperar a la policía, Gregory, el padre Martin y yo nos quedaremos aquí -dijo el padre Sebastian-. Será mejor que Margaret vaya con usted. Ha sufrido una fuerte impresión. Si le parece, llévela con la señora Pilbeam y explíquele lo ocurrido. La señora Pilbeam le dará té caliente y cuidará de ella. Nadie debe decir una palabra de esto hasta que yo me dirija a los alumnos. Si la policía quiere hablar con Margaret, tendrá que hacerlo más tarde.
