En aquella época, esas vidas debieron de ser importantes para los que las vivieron y sus seres queridos, pero ahora estaban muertos y todo seguiría igual aunque no hubiesen existido. Dentro de cien años, nadie recordará a Charlie, ni a Mike ni a mí. Nuestras vidas son tan insignificantes como un grano de arena. Sentí que me había vaciado, que incluso la tristeza me había abandonado. Mirando el mar, aceptando que a la larga nada importa y que lo único que tenemos es el momento presente para sufrir o gozar, una profunda sensación de paz se apoderó de mí.

Supongo que caí en una especie de trance, porque no vi ni oí a las tres figuras que se aproximaban hasta que los guijarros crujieron bajo las suelas de sus zapatos, y entonces ya estaban casi a mi lado. El padre Sebastian y el señor Gregory caminaban a la par. El padre Sebastian se había ceñido la sotana para protegerse del viento. Los dos llevaban la cabeza gacha y avanzaban con determinación, como si marcaran el paso. El padre Martin los seguía a escasa distancia, dando tumbos sobre las piedras. Recuerdo que me pareció una grosería que los otros dos no lo esperasen.

Me avergonzó que me sorprendieran sentada, así que me levanté.

– ¿Se encuentra bien, Margaret? -preguntó el padre Sebastian.

– Sí, padre -respondí, y me aparté para que pudiesen acercarse al cadáver.

El padre Sebastian se santiguó.

– Es una calamidad -dijo.

Incluso entonces me extrañó que emplease esa palabra y comprendí que no estaba pensando en Ronald Treeves, sino en el seminario.

Se inclinó y tocó la nuca de Ronald.

– No hay duda: está muerto -señaló el señor Gregory con aspereza-. No es aconsejable mover más el cadáver.

El padre Martin se había detenido a unos pasos de allí. Vi que sus labios se movían. Supongo que estaba rezando.

– Si tiene la gentileza de volver al seminario y esperar a la policía, Gregory, el padre Martin y yo nos quedaremos aquí -dijo el padre Sebastian-. Será mejor que Margaret vaya con usted. Ha sufrido una fuerte impresión. Si le parece, llévela con la señora Pilbeam y explíquele lo ocurrido. La señora Pilbeam le dará té caliente y cuidará de ella. Nadie debe decir una palabra de esto hasta que yo me dirija a los alumnos. Si la policía quiere hablar con Margaret, tendrá que hacerlo más tarde.



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