
Cuatro conductores de camiones de tonelajes diversos bajaron la ladera, mientras el quinto ponía las señales de aviso en la carretera y llamaba por su radio a la polizia stradale. Aún nevaba copiosamente, por lo que transcurrió algún tiempo antes de que uno de ellos descubriera el retorcido cuerpo que había quedado en la pendiente, a una tercera parte del recorrido. Dos hombres corrieron hacia él, con la esperanza de que, por lo menos, uno de los conductores hubiera sobrevivido.
Los hombres avanzaban con dificultad, resbalando y cayendo de rodillas en la pendiente por la que se había precipitado el camión. El primero en llegar se arrodilló junto a la figura inerte y empezó a retirar la fina capa blanca que la cubría, buscando señales de vida. Pero sus dedos se enredaron en un cabello largo y, cuando pudo verle la cara, descubrió las facciones delicadas de una mujer.
Entonces el hombre oyó a un compañero gritar desde más abajo. Al volverse, lo vio arrodillado junto a un bulto que estaba a unos metros a la izquierda del desgarro abierto por el camión en la ladera.
– ¿Qué hay? -preguntó, mientras buscaba el pulso de la figura que yacía con el cuerpo doblado.
– Es una mujer -dijo el segundo hombre. Y el primero, que seguía sin percibir latido alguno en la garganta de la mujer, oyó que el de abajo gritaba-: Está muerta.
