Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un término muy culto. La gente decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.

Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.

– ¿Señor Lighthill?

– ¿Sí?

– Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…

– Ah, sí.

– Me llamo Edna.

– ¿Cómo estás, Edna?

– Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.

– Sí, hace la vida difícil.

– Bueno, señor Lighthill…

– Llámame Joe, a secas.

– Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?

– Viste mi anuncio.

– Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?

– Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?

– ¿Las mujeres?

– Sí.

– Oh, pues en todas partes, ya sabes.

– ¿Dónde? Dime. ¿Dónde?

– Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.

– No me gusta la iglesia.

– Oh.

– Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?

– ¿Quieres decir allí, a tu casa?

– Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.

– Es tarde.

– No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.



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