— No debería extrañarle tanto, Luis Wu. ¿Cómo se explicaría si no que pudiésemos enviar un agente al núcleo galáctico pare investigar la reacción en cadena de las novas? Debiste haber deducido la existencia de una nave de esas características. Si tengo éxito en mi misión, mi intención es ceder la nave a mi tripulación, junto con los planos necesarios para construir otras del mismo tipo. Esa nave es tu… precio, tus honorarios, l ámale como quieras. Podrás observar sus características de vuelo cuando nos unamos a la migración de titerotes. Entonces sabrás qué nos proponemos explorar.

Unirse a la migración de titerotes…

— Cuenta conmigo — dijo Luis Wu. ¡Tendría oportunidad de observar a toda una especie racional en movimiento! Grandes naves con miles de millones de titerotes en cada una de ellas, ecologías completas en acción…

— Estupendo — dijo el titerote, incorporándose —. Necesitaremos un equipo de cuatro. Ahora debemos salir en busca del tercer miembro.

Y se metió en la cabina teletransportadora.

Luis se guardó la misteriosa instantánea en el bolsillo y le siguió. Intentó leer el número del marcador de la cabina, lo cual le hubiera indicado en qué lugar del mundo se hallaban. Pero el titerote marcó demasiado de prisa y cuando quiso mirar ya no estaban ahí.


Luis Wu salió de la cabina tras el titerote y se encontró en la penumbra de un lujoso restaurante. Reconoció el lugar por la decoración en negro y oro y el despilfarro de espacio que suponía la ordenación de las cabinas en forma de herradura. Era el Krushenko de Nueva York.

El titerote avanzó en medio de incrédulos murmullos. Un maitre humano, imperturbable como un robot, les condujo a una mesa. Una de las sillas había sido sustituida por un gran almohadón cuadrado que el extraterrestre se colocó entre casco y cadera cuando se sentó.

— Te esperaban — dedujo Luis Wu.

— Sí. Llamé para reservar mesa. En el Krushenko están acostumbrados a servir a clientes no terrícolas.



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