Luis supuso que debía tratarse de un animal extraterrestre. Esas cabezas planas no podían albergar un cerebro. Pero luego advirtió una jiba entre las bases de los cuellos, donde la crin se convertía en un grueso estropajo protector… y comenzó a recordar vagamente un incidente acaecido treinta y seis lustros atrás.

Era un titerote, un titerote de Pierson. El cerebro y el cráneo se ocultaban bajo la joroba. No era un animal; estaba dotado de una inteligencia al menos comparable a la del hombre. Y sus ojos, uno por cabeza y muy hundidos en las órbitas óseas, miraban fijamente a Luis Wu desde dos direcciones distintas.

Luis intentó abrir la puerta. Cerrada.

Había quedado encerrado fuera, no dentro. Podía marcar un número y esfumarse. Pero ni siquiera lo pensó. No era corriente encontrar un titerote de Pierson. La especie había desaparecido del espacio conocido antes de que Luis Wu viniera al mundo.

— ¿Puedo servirte en algo? — dijo Luis.

— Puedes — dijo el extraño ser…

…con una voz que le hizo rememorar sus sueños de adolescente. De querer imaginar una mujer en consonancia con esa voz, Luis habría tenido que evocar a Cleopatra, Helena de Troya, Marilyn Monroe y Lorelei Huntz, todas en una.

— ¡Nej!

La palabrota le pareció más adecuada que nunca. ¡No es justo! ¡Que semejante voz perteneciera a un extraño ser de dos cabezas y sexo indeterminado!

— No te asustes — dijo el extraterrestre —. En caso de emergencia, siempre puedes huir.

— En el colegio había dibujos de seres como tú. Hace tiempo que desaparecisteis… o eso creíamos.

— Cuando mi especie huyó del espacio conocido, yo no les acompañé — replicó el titerote — Me quedé en el espacio conocido, pues aquí podía ser útil a mi especie.

— ¿Dónde te has ocultado? ¿Y en qué lugar de la Tierra estamos ahora?



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