
Casi…
Wil levantó la vista. Treinta metros delante de él estaba la causa de todo el clamor de las aves marinas. Una tribu de monos pescadores estaba jugando en la orilla del agua. Los monos ya debían haberle descubierto. Durante las semanas anteriores, habrían desaparecido en el mar a la primera señal de un humano o de una máquina. Pero entonces se quedaron en la playa. Cuando se acercó a ellos, los más jóvenes vadearon hasta él. Hincó una rodilla en la arena y se congregaron a su alrededor, sus dedos unidos por una red buscaban con curiosidad en sus bolsillos. Uno sacó una ficha de datos. Wil sonrió y arrebató la ficha del puño del mono.
—¡Ah! Un ratero. ¡Estás arrestado! —¿El policía de siempre, eh inspector? La voz era femenina y de tono ligero. Llegaba de algún sitio que estaba por encima de su cabeza. Wil se echó hacia atrás. Un aparato volador, a control remoto, estaba detenido a unos pocos metros por encima de él. Sonrió:
—Sólo lo hago para no perder la práctica, ¿eres tú, Marta? Pensaba que estabas preparándote para las «celebraciones» de esta tarde.
—Es verdad. Y una parte de los preparativos consiste en sacar de la playa a la gente loca. Los fuegos artificiales no van a esperar a que sea de noche. —¿Qué dices?
—Ese Steve Fraley está haciendo una gran escena intentando convencer a Yelén de que aplace el rescate. Ella ha decidido hacerlo algo antes sólo para que Steve se entere de quién manda aquí.
Marta se rió, y Wil no hubiera podido decir a ciencia cierta si su regocijo estaba provocado por la irritación de Yelén Korolev o por Fraley.
