Jacob pensó que iba a gritar. Allí estaba el viejo tío Jeremey farfullando interminablemente sobre todas aquellas tonterías, y Alice — la afortunada Alice, cuya habilidad era arriesgarse a la ira de los mayores y escuchar por el micro intervenido que había colocado en el receptor de espacio profundo de la casa—… ¿qué era lo que había oído?

¡Tenía que ser una nave espacial! ¡Sería el tercero de los grandes navíos en volver! Esa era la única explicación para la llamada a los Reservistas Espaciales o la excitación del ala este, donde los adultos mantenían sus laboratorios y oficinas.

Jeremey estaba todavía exponiendo la continua falta de compasión pública, pero Jacob no le veía ni oía. Mantuvo el rostro rígido e inmóvil mientras Alice se inclinaba sobre él para susurrarle al oído, o más bien para jadearle llena de excitación:

—¡Alienígenas, Jacob! ¡Traen extraterrestres! ¡En sus propias naves! ¡Oh, Jake, la Vesarius trae etés!

Fue la primera vez que Jacob oyó aquella palabra. A menudo se preguntaba si la había inventado Alice. Recordó que a los diez años se había preguntado si venían para comerse a alguien.

Mientras recorría las calles de Tijuana, se le ocurrió que la pregunta todavía no había sido respondida.

En varios cruces importantes los edificios habían sido demolidos para instalar un irisado «Kiosco de Recreo E.T.». Jacob vio a varios de los nuevos autobuses descubiertos equipados para transportar a humanos y a alienígenas que reptaban, o tenían tres metros de altura.

Al pasar ante el ayuntamiento, Jacob vio a una docena de «pieles» deambulando en piquetes. Al menos parecían pieles: gente vestida con pieles y agitando lanzas de plástico. ¿Quién más se vestiría de esa forma con este clima?



15 из 321