Ahora, lector, comienza el viaje por el horror y suerte en tu camino.

1. La Pandemia

Aunque ya no quedara mucha gente para llevar la cuenta del mes exacto, el gélido frío reinante denunciaba muy a las claras que corría el invierno. El lugar era la ciudad de Málaga, mucho tiempo después de la horrible pandemia que asoló todo el planeta desde Tombuctú hasta sus antípodas. Allí, el viento rugía colérico, arrastrando la inmundicia que cubría las calles de un lado a otro. A veces, soplaba tan fuerte que no era extraño ver sillas de plástico o contenedores siendo empujados sin destino ni propósito hacia uno u otro extremo. El aspecto era por tanto de desolación total, con unos barrios más afectados que otros y algunos que parecían reconstrucciones de pesadilla de ciudades agostadas por la guerra y las llamas. Los coches, abandonados o volcados, bloqueaban todas las calles; de noche, la ciudad dormía completamente a oscuras, mecida por un estertor sordo que llenaba el silencio de una ciudad muerta.

La pandemia que provocó semejante escenario fue inesperada, inexplicable, y tan completamente distinta de cualquier otra enfermedad jamás sufrida por la raza humana que casi provocó su absoluta y completa destrucción. Las vicisitudes de la evolución del ser humano desde que abandonó el mar hace millones de años hasta convertirse en pináculo de la vida en la Tierra quedó brutalmente interrumpida tras haber superado dramas, guerras, enfermedades y terribles catástrofes naturales. Nada era comparable; aquello lo superaba todo. Para empezar, la epidemia no provocaba que la gente muriese, sino todo lo contrario: los devolvía a la vida. Los muertos se revolvían en sus tumbas, volvían a levantarse al poco de morir y avanzaban torpemente, privados de todo intelecto y devueltos a un estado primitivo y animal donde la animosidad de todo acto consistía exclusivamente en buscar la aniquilación de los vivos, sin importar si éstos eran conocidos, amigos, familiares o amantes.



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