Entonces uno podía flotar y deslizarse a alta velocidad, totalmente comprometido pero también totalmente separado, y alrededor de uno, la danza de los negocios, la información interactuando, los datos hechos carne en el laberinto del mercado negro…

Dale, se dijo Case. Jódelos. Es lo último que se esperan. Estaba a media manzana de la vídeo galería donde había conocido a Linda Lee.

Arremetió a través de Ninsei; dispersó a una partida de marineros paseantes. Uno de ellos le gritó algo en español. Luego llegó a la entrada; el sonido se desplomaba sobre él como un oleaje, los subsonidos le palpitaban en el fondo del estómago. Alguien se apuntó un tiro de diez megatones en la Guerra de Tanques en Europa; una explosión aérea simulada ahogó la galería en sonido blanco al tiempo que una espeluznante bola de fuego holográfica dibujaba un hongo más arriba. Case dobló a la derecha y subió a medio correr unas escaleras de madera gastada. Había estado allí una vez visitando a Wage para discutir un negocio de detonadores hormonales proscritos con un hombre llamado Matsuga. Recordaba el corredor, la moqueta manchada, la fila de puertas idénticas que conducían a diminutos despachos cubiculares. Una puerta estaba abierta. Una chica japonesa en camiseta negra de manga sisa alzó los ojos, sentada tras una terminal blanca; a sus espaldas un poster turístico de Grecia: azul egeo salpicado con ideogramas aerodinámicos.

– Di a los de seguridad que suban -le dijo Case.

En seguida corrió hacia el fondo del corredor, donde la chica no podía verlo. Las últimas dos puertas estaban cerradas, presumiblemente con llave. Dio media vuelta y con la suela de su zapatilla deportiva golpeó la laca azul de la puerta enchapada del fondo.



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