– Eres demasiado el artiste, Herr Case. -Ratz gruñó; el sonido le sirvió de risa. Se rascó con la garra rosada el exceso de barriga enfundada en una camisa blanca. – Eres el artiste del negocio ligeramente gracioso.

– Claro -dijo Case, y tomó un sorbo de cerveza-. Alguien tiene que ser gracioso aquí. Ten por seguro que ése no eres tú.

La risita de la puta subió una octava.

– Tampoco tú, hermana. Así que desaparece, ¿de acuerdo? Zone es un íntimo amigo mío.

Ella miró a Case a los ojos y produjo un sonido de escupitajo lo más leve posible, moviendo apenas los labios. Pero se marchó.

– ¡Jesús! -dijo Case-. ¿Qué clase de antro tienes? Uno no puede tomarse un trago en paz.

– Mmm -dijo Ratz frotando la madera rayada con un trapo-. Zone ofrece un porcentaje. A ti te dejo trabajar aquí porque me entretienes.

Cuando Case levantó su cerveza, se hizo uno de esos extraños instantes de silencio, como si cien conversaciones inconexas hubiesen llegado simultáneamente a la misma pausa. La risa de la puta resonó entonces, con un cierto deje de histeria.

Ratz gruñó: -Ha pasado un ángel.

– Los chinos -vociferó un australiano borracho-; los chinos inventaron el empalme de nervios. Para una operación de nervios, nada como el continente. Te arreglan de verdad, compañero…

– Lo que faltaba -dijo Case a su vaso, sintiendo que toda la amargura le subía como una bilis-; eso sí que es una mierda.

Ya los japoneses habían olvidado más de neurocirugía de lo que los chinos habían sabido nunca. Las clínicas negras de Chiba eran lo más avanzado: cuerpos enteros reconstruidos mensualmente, y con todo, aún no lograban reparar el daño que le habían infligido en aquel hotel de Memphis.

Un año allí y aún soñaba con el ciberespacio, la esperanza desvaneciéndose cada noche. Toda la cocaína que tomaba, tanto buscarse la vida, tanta chapuza en Night City, y aún veía la matriz durante el sueño: brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío… Ahora el Ensanche era un largo y extraño camino a casa al otro lado del Pacífico, y él no era un operador, ni un vaquero del ciberespacio.



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