Los negocios eran allí un rumor subliminal constante, y la muerte, el aceptado castigo por pereza, negligencia, falta de gracia o de atención a las exigencias de un intrincado protocolo.

Solo, en una mesa del Jarre de Thé, con el octógono subiendo, con gotas de sudor que le afloraban en las palmas de las manos, de pronto consciente de todos y cada uno de los cosquilleantes pelos en los brazos y en el pecho, Case supo que en algún punto había comenzado a jugar un juego consigo mismo, uno muy antiguo que no tiene nombre: un solitario final. Ya no llevaba armas, ni tomaba ya las precauciones básicas. Se encargaba de los negocios más rápidos y dudosos de la calle, y se decía que era capaz de conseguir lo que uno quisiera. Una parte de él sabía que el arco de esta autodestrucción era notoriamente obvio para sus clientes, cada vez más escasos; pero esa misma parte se tranquilizaba diciéndose que era sólo una cuestión de tiempo. Y era esa parte, que esperaba complacida la muerte, la que más odiaba la idea de Linda Lee.

La encontró una noche lluviosa en una vídeo galería.

Bajo fantasmas brillantes que ardían tras una bruma celeste de humo de cigarrillos, hologramas del Castillo Embrujado y de Guerra de Tanques en Europa, la silueta de Nueva York… Y ahora la recordaba así, el rostro envuelto en una inquieta luz de láser, los rasgos reducidos a un código: un fulgor escarlata en los pómulos mientras el Castillo Embrujado ardía, la frente empapada de azul cuando Münich caía ante la Guerra de Tanques, la boca manchada de oro caliente mientras un cursor deslizante sacaba chispas a las paredes de un desfiladero de rascacielos.



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