
Brett, el instalador, era el informático del gabinete de Tia. Mike se quedó mirando las uñas sucias de Brett, las uñas que estaban tocando el teclado de Adam. Era esto en lo que Mike no dejaba de pensar. Aquel chico de uñas asquerosas estaba en la habitación de su hijo y estaba utilizando la posesión más preciada de Adam.
– Acabo enseguida -dijo Brett.
Mike había visitado el sitio de E-SpyRight Web y había visto el primer reclamo en grandes letras en negrita:
¿LOS PEDERASTAS ABORDAN A SUS HIJOS?
¿SUS EMPLEADOS LES ROBAN?
Y entonces, en letras más grandes y más negras, el argumento que había sostenido Tia:
¡TIENE DERECHO A SABERLO!
El sitio incluía testimonios:
«Su producto salvó a mi hija de la peor pesadilla de un padre, ¡un depredador sexual! ¡Gracias, E-SpyRight!»
Bob – Denver, CO
«Descubrí que mi empleado de más confianza robaba en mi oficina. ¡No podría haberlo hecho sin su programa!»
Kevin – Boston, MA
Mike se había resistido.
– Es nuestro hijo -había dicho Tia.
– Ya lo sé. ¿Te crees que no lo sé?
– ¿No estás preocupado?
– Por supuesto que lo estoy. Y aun así…
– ¿Aun así qué? Somos sus padres. -Y entonces, como si releyera el anuncio, dijo-: Tenemos derecho a saber.
– ¿Tenemos derecho a invadir su intimidad?
– ¿A protegerlo? Sí. Es nuestro hijo.
Mike sacudió la cabeza.
– No sólo tenemos derecho -dijo Tia, acercándose más a él-. Tenemos esta responsabilidad.
– ¿Tus padres sabían todo lo que hacías?
– No.
– ¿Y todo lo que pensabas? ¿Todas las conversaciones que mantenías con tus amigos?
– No.
– Pues esto es de lo que estamos hablando.
– Piensa en los padres de Spencer Hill -contraatacó ella.
Esto hizo callar a Mike. Se miraron.
– Si pudieran volver a empezar -dijo Tia-, si Betsy y Ron recuperaran a Spencer…
