– No es lo que estoy diciendo. Pero piénsalo bien. Esto es tecnología nueva. Él pone sus pensamientos y emociones secretas aquí dentro. ¿Te habría gustado que tus padres lo supieran todo de ti?

– Ahora el mundo es diferente -dijo Tia.

– ¿Estás segura de esto?

– ¿Qué mal hacemos? Somos sus padres. Queremos lo mejor para él.

Mike volvió a sacudir la cabeza.

– No querrás saber todos los pensamientos de una persona -dijo-. Hay cosas que es mejor que sean privadas.

Ella le cogió la mano.

– ¿Te refieres a un secreto?

– Sí.

– ¿Estás diciendo que todos tienen derecho a tener secretos?

– Por supuesto que lo tienen.

Ella le miró de una forma curiosa y a él no le gustó.

– ¿Tienes secretos? -preguntó ella.

– No me refería a mí.

– ¿Tienes secretos que no me cuentas? -insistió Tia.

– No. Pero tampoco quiero que conozcas todos mis pensamientos.

– Y yo no quiero que tú conozcas los míos.

Los dos se detuvieron aquí, antes de que ella se echara un poco hacia atrás.

– Pero si he de elegir entre proteger a mi hijo o respetar su intimidad -dijo Tia-, pienso protegerlo.

La discusión -Mike no quería clasificarla de pelea- duró un mes. Mike intentó volver a ganarse a su hijo. Invitó a Adam al centro comercial, al salón recreativo, incluso a conciertos. Adam rechazó todas sus invitaciones. Estaba fuera de casa a todas horas, por mucho que le pusieran una hora límite de llegada. Dejó de presentarse a la hora de la cena. Sus notas se resintieron. Lograron que fuera a una visita con un terapeuta, quien consideró que podía tratarse de una depresión. Propuso que se le medicara, pero primero quería volver a ver a Adam. Él se negó de plano.

Cuando insistieron para que volviera a ver al terapeuta, Adam estuvo fuera de casa dos días. No contestaba al móvil. Mike y Tia estaban fuera de sí. Al final resultó que se había escondido en casa de unos amigos.



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