Marianne se encogió de hombros.

– Te sigo.

– Bien. -El hombre sonrió y arqueó una ceja-. Y Caín es un hombre, ¿no?

Pelopaja quería recuperar protagonismo.

– Sí.

– Con necesidades masculinas normales, ¿no?

– Sí.

– Pues él va deambulando por ahí y siente la entrepierna. Sus necesidades naturales. Y un día, mientras cruza un bosque -otra sonrisa, otro mimo al bigote-, Caín tropieza con una mona atractiva. O gorila. U orangután.

Marianne le miró.

– ¿Estás de broma o qué?

– No. Piensa un momento. Caín reconoce algo en la familia de monos. Son los más cercanos a los humanos, ¿no? Elige a una de las hembras y… bueno, eso. -Une las manos en silencioso aplauso por si ella no se había enterado-. Y entonces la primate queda embarazada.

– Qué barbaridad -dijo Pelopaja.

Marianne volvió su atención a la bebida, pero el hombre le tocó de nuevo el brazo.

– ¿No ves que tiene sentido? El primate tiene una cría. Medio simio, medio hombre. Es como un simio, pero lentamente, con el tiempo, el dominio humano pasa a primer plano. ¿Lo ves? ¡Voilà! La evolución y el creacionismo se unen.

Sonrió como si esperara una estrella dorada.

– A ver si me aclaro -intervino Marianne-. ¿Dios está en contra del incesto, pero a favor de la bestialidad?

El hombre del bigote le dio una palmadita condescendiente en el hombro.

– Lo que yo intento explicar es que todos esos pedantes titulados en ciencias que creen que la religión no es compatible con la ciencia carecen de imaginación. Ahí está el problema. Los científicos sólo miran a través del microscopio. Los religiosos sólo miran las palabras escritas en la página. Tanto a unos como a otros los árboles les impiden ver el bosque.

– El bosque -dijo Marianne-. ¿No será el mismo bosque de la mona guapa?



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