
A Elizabeth le gustaba escuchar a Leila contar sobre cómo serían las cosas cuando ella fuera una estrella, pero también la asustaba. No se imaginaba viviendo allí con su madre y Matt, sin Leila.
Hacía demasiado calor como para jugar. Sin hacer ruido, se puso de pie y se acomodó la camiseta dentro de los pantalones cortos. Era una niña delgada, de piernas largas y pecas en la nariz. Tenía ojos rasgados y mirada adulta: «Rostro de reina solemne», solía decirle su hermana. Leila siempre inventaba nombres para todos; a veces, eran nombres graciosos, pero cuando no le gustaba la persona, no eran muy bonitos que digamos.
Dentro de la casa hacía más calor que fuera. El sol de las cuatro de la tarde se filtraba por las sucias ventanas, dando de lleno sobre el sofá de muelles gastados y el relleno que comenzaba a salirse, y el suelo de linóleo, tan viejo que no se podía saber cuál había sido su color original, rajado y combado debajo de la pileta de lavar. Hacía cuatro años que vivían allí. Elizabeth apenas recordaba su otra casa en Milwaukee. Era un poco más grande, con una cocina de verdad, dos baños y un enorme patio. Elizabeth se sintió tentada de ordenar un poco la sala, pero sabía que en cuanto Matt se despertara, todo volvería a estar como antes, con botellas de cerveza, cenizas de cigarrillo y su ropa tirada por todos lados. Pero tal vez podía intentarlo.
Unos ronquidos pesados y desagradables llegaban a través de la puerta abierta del dormitorio de su madre. Se asomó a mirar. Su madre y Matt debían de haber terminado la pelea porque dormían entrelazados, la pierna derecha de Matt sobre la izquierda de su madre y su rostro hundido en el cabello de ella. Esperaba que se despertaran antes de que Leila regresara. Leila odiaba verlos así. «Debes traer a tus invitados para que visiten a mamá y su novio -le había susurrado a Elizabeth con su voz teatral-, y mostrar el medio elegante en el que vives.»
