Luther dejó de tararear por lo bajo.

– Soy Henry Faber -dijo el hombre.

– Tom Luther.

– Tengo un mensaje para usted.

El corazón de Luther desfalleció. Intentó ocultar su nerviosismo y habló en el mismo tono conciso del otro hombre.

– Bien. Adelante.

– El hombre que le interesa tanto tomará este avión el miércoles cuando salga hacia Nueva York.

– ¿Está seguro?

El hombre le miró fijamente a Luther y no contestó. Luther asintió, sombrío. El trabajo seguía adelante. Al menos, la incertidumbre había terminado.

– Gracias -dijo.

– Hay algo más.

– Le escucho.

– La segunda parte del mensaje es: No nos falle. Luther respiró hondo.

– Dígales que no se preocupen -respondió, con más confianza de la que en realidad sentía-. Es posible que ese tipo salga de Southampton, pero nunca llegará a Nueva York.


Imperial Airways tenía un taller para hidroaviones en la parte del estuario opuesta a los muelles de Southampton. Los mecánicos de la Imperial se encargaban del mantenimiento del clipper, bajo la supervisión del ingeniero de vuelo de la Pan American. El ingeniero de este viaje era Eddie Deakin.

Era mucho trabajo, pero tenían tres días. Después de descargar a sus pasajeros en el amarradero 108, el clipper se dirigiría a Hythe. Una vez allí, y en el agua, se maniobraba hasta una grúa, era izado a una grada y remolcado, como una ballena montada en un cochecito de bebé, hacia el interior del enorme hangar verde.

El vuelo transatlántico castigaba mucho los motores. En el tramo más largo, de Terranova a Irlanda, el avión estaba en el aire durante nueve horas (y en el viaje de vuelta, con el viento en contra, el mismo tramo se tardaba en recorrer dieciséis horas y media). El combustible fluía hora tras hora, las bujías echaban chispas, los catorce cilindros de cada enorme motor se movían arriba y abajo sin cesar, y las hélices de cuatro metros y medio desmenuzaban las nubes, la lluvia y las galernas.



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