– No va a decirme que Lucy cree esas estupideces. Siempre creí que era una mujer inteligente.

– Estaba allí cuando la echadora de cartas me lo dijo -respondió solemnemente-. Teníamos sólo catorce años y la impresionó bastante -añadió, omitiendo el hecho de que ambas habían estallado en carcajadas y que Lucy se había estado riendo de ella porque tenía que esperar a cumplir los treinta.

A los catorce, los treinta resultan muy lejanos. Ella nunca había imaginado llegar a envejecer tanto, o que pudiera casarse alguien a esa edad. Cuando había conocido a Michael, incluso había bromeado con Lucy acerca de la falsa echadora de cartas.

Pero Michael no había querido comprometerse al final, o por lo menos no con ella, y allí estaba con casi treinta años y tan solitaria como la adivinadora había predicho.

– ¡No puedes pasarte el día de tu treinta cumpleaños sola! -le había dicho Lucy, cuando Claudia la había llamado para decirle que su relación con Michael había terminado.

– Estoy tan triste que no me importa nada -había respondido Claudia-. No quiero hacer una fiesta donde todo el mundo se compadezca de mí.

– Ven entonces a Shofrar -le ofreció Lucy-. Aquí nadie sabrá nada de Michael y podrás mostrarte como quieras. Será estupendo, haremos una fiesta el día de tu cumpleaños y conocerás a Justin Darke.

– ¿Justin qué?

– Justin Darke. Es un arquitecto americano que trabaja con Patrick y que es increíblemente guapo. ¡Te hablo de alguien impresionante, Claudia! Nada más conocerlo pensé que era perfecto para ti… mucho mejor que ese crápula de Michael. Este arquitecto es guapísimo, cariñoso, sincero, soltero… ¿qué más quieres?

– Debe de haber algún fallo -contestó Claudia, cuya experiencia con el sexo masculino la habían convertido en una persona bastante escéptica. Los hombres guapos, cariñosos y sinceros no iban por ahí solteros sin ningún motivo.



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