
Súbito significaba que Rebus no había podido despedirle. Significaba que lo último que le había dicho a Michael hacía tres meses y por teléfono era un chiste simplón sobre su adorado equipo de fútbol Raith Rovers. Junto con las coronas, habían puesto sobre el féretro un pañuelo de los Raith blanco y azul marino. Kenny lucía una corbata de su padre con el escudo del Raith, un extraño animal sujetando una hebilla de cinturón. Rebus le preguntó qué significaba, pero Kenny se había encogido de hombros. Rebus miró a lo largo del banco y vio que, a un gesto del oficiante, todos se ponían de pie. Chrissie echó a andar por la nave lateral flanqueada por sus hijos. El oficiante miró a Rebus, pero él no se movió del sitio. Volvió a sentarse para dar a entender a los demás que no le esperasen. La canción iba ya por un poco más de la mitad. Era la última de Quadrophenia. Michael era un gran admirador de The Who, mientras que él, Rebus, prefería los Stones, aunque tenía que admitir que en álbumes como Tommy y Quadrophenia, The Who hacían una música de la que los Stones nunca habrían sido capaces. Daltrey daba alaridos pidiendo un trago. Rebus no podía estar más de acuerdo, pero había que tener en cuenta la vuelta en coche a Edimburgo.
Habían alquilado la sala de actos de un hotel de la localidad. Estaban todos invitados, tal como había dicho el sacerdote desde el púlpito. Habría whisky y té, y sándwiches. Se contarían anécdotas, se hablaría de recuerdos, con sonrisas, frenando con el dedo alguna lágrima furtiva, todo sin levantar la voz, y los camareros se moverían sin hacer ruido, con respeto. Rebus trataba de preparar mentalmente frases, las palabras con que iba a excusarse.
«Tengo que volver, Chrissie. Hay mucho trabajo.»
Podía mentir y alegar lo de la reunión del G-8. Aquella mañana, en la casa, Lesley había comentado que tendría que estar ocupado con el dispositivo de organización.
