
Era su bienvenida. Tal como Rebus la había previsto: sorpresa embarazosa, como si fuese doloroso recordarle que aún le quedaba un familiar vivo. Y no le pasó desapercibido el empleo de la palabra «avisar», cuando habría bastado con «decirme». Era policía, y esas cosas las notaba.
Michael Rebus cruzó rápidamente el cuarto de estar y bajó el volumen estruendoso del equipo de música.
– Adelante, John -dijo-. ¿Quieres beber algo? ¿Café? ¿O algo más fuerte? ¿Qué te trae por aquí?
Rebus se sentó como si estuviese en casa de un extraño, con la espalda recta, en actitud profesional. Miró los paneles de madera de la habitación -novedad- y las fotos enmarcadas de su sobrina y su sobrino.
– Pasaba cerca de aquí -dijo.
Michael, que volvía del mueble bar con los vasos, se acordó de repente, o fingió acordarse.
– Oh, John, lo había olvidado. ¿Por qué no me avisaste? Mierda, me fastidia que se me pase el aniversario de papá.
– Mickey, serás hipnotizador, pero en cuanto a memoria eres un desastre. Dame ese vaso, ¿o es que no piensas soltarlo?
Michael, sonriente y absuelto, le tendió el vaso de whisky.
– ¿El coche de ahí fuera es tuyo? -preguntó Rebus, cogiendo el vaso-. Me refiero al BMW.
Michael asintió con la cabeza, sonriente.
– Dios -exclamó Rebus-. Sí que te cuidas.
– No menos de lo que cuido a Chrissie y a los niños. Vamos a ampliar la casa en la parte de atrás para tener un jacuzzi o una sauna. Es la moda, y Chrissie se muere por estar a la última.
Rebus dio un sorbo de whisky. Era un whisky de malta. Nada de lo que había en el cuarto era barato, pero tampoco exactamente codiciable. Adornos de cristal fino, una licorera de cristal sobre un salvamantel de plata, una televisión con vídeo, un equipo de música de alta fidelidad en miniatura y la lámpara de ónice. El último objeto le hizo sentir cierto remordimiento: era el regalo de boda de Rhona y él. Chrissie ya no le hablaba. No era de extrañar.
