
– ¿Otro whisky, caballero? -dijo.
– Pensaba que no ibas a ofrecérmelo.
Rebus volvió a centrarse en observar el cuarto mientras Michael se acercaba al mueble bar.
– ¿Qué tal van las actuaciones? -preguntó-. De verdad que me interesa.
– Muy bien -contestó Michael-. En realidad, sí que van bien. Tengo propuestas para un anuncio en televisión, pero hasta que no lo vea no lo creeré.
– Estupendo.
Otro whisky aterrizó en la mano predispuesta de Rebus.
– Sí, y estoy preparando un nuevo número. Un número un poco espeluznante.
Un brillo dorado destelló en la muñeca de Michael al llevarse el vaso a los labios. Era un reloj caro sin cifras en la esfera. Rebus pensó que cuanto más caro era un objeto menos presencia tenía: equipos de música en miniatura, relojes sin cifras, calcetines Dior transparentes, como los que llevaba Michael.
– A ver, cuenta -dijo, mordiendo el anzuelo.
– Pues se trata de hacer que alguien del público regrese a sus vidas pasadas -dijo Michael inclinándose hacia delante en la silla.
– ¿Vidas pasadas?
Rebus miró el suelo, como si admirase los contrastes oscuros y claros del dibujo verde de la alfombra.
– Sí -prosiguió Michael-. La reencarnación, volver a nacer, ya sabes. Bueno, contigo no tendría que probar, John. Tú eres cristiano.
– Los cristianos no creen en vidas pasadas, Mickey, sino en la vida futura.
Michael miró a su hermano, como pidiéndole que callara.
– Perdona -dijo Rebus.
– Como te decía, probé el número en público la semana pasada por primera vez, aunque hace tiempo que lo practico con mis pacientes.
– ¿Pacientes?
– Sí. Me pagan por sesiones privadas de terapia hipnótica. Consigo que dejen de fumar, les ayudo a ganar confianza en sí mismos o a que no se meen en la cama. Hay algunos que están convencidos de que han vivido otras vidas, y me piden que les hipnotice para poder demostrarlo. No te preocupes, son ingresos totalmente legales y pago mis impuestos.
