– Ya empezamos…, está fibrilando. Mándame trescientos julios.

Philip frotó las dos placas del aparato una contra otra.

– Adelante, lo tienes a punto -gritó Frank.

– ¡Apartaos! ¡Allá voy!

El cuerpo se arqueó brutalmente por efecto de la descarga, con el vientre apuntando hacia el cielo, antes de caer de nuevo.

– No, no ha ido bien.

– Ponlo a trescientos sesenta, haremos otro intento.

– Ya está, trescientos sesenta.

– ¡Apartaos!

El cuerpo se irguió y cayó de nuevo inerte.

– Pásame otros cinco miligramos de adrenalina y vuelve a cargar a trescientos sesenta. ¡Apartaos!

Otra descarga, otro sobresalto.

– ¡Sigue fibrilando! La perdemos… Inyecta una unidad de Lidocaína en la perfusión y vuelve a cargar. ¡Apartaos!

El cuerpo se alzó.

– ¡Inyectamos quinientos miligramos de Berilium y carga a trescientos ochenta inmediatamente!

Lauren sufrió otra sacudida. Su corazón pareció responder a las drogas que se le habían inyectado y recobrar un ritmo estable, pero sólo durante unos instantes; volvió a sonar el silbido que había cesado durante unos segundos.

– ¡Parada cardíaca! -dijo Frank.

Philip empezó inmediatamente un masaje cardíaco con una obcecación poco habitual.

– No hagas el tonto -le suplicó mientras intentaba devolverla a la vida-, hoy hace buen tiempo. No nos hagas esto.

Después le ordenó a su compañero que volviera a cargar la máquina.

– Déjalo, Philip -dijo Frank, tratando de calmarlo-, es inútil.

Pero Stern se negaba a abandonar; le repitió a su compañero que cargara el desfibrilador y éste obedeció. Una vez más pidió que se apartaran. El cuerpo volvió a combarse, pero el electrocardiograma seguía siendo plano. Philip reanudó el masaje, con la frente bañada en sudor. ¿El cansancio acentuaba la desesperación del joven médico ante su impotencia. Su compañero tomó conciencia de que su actitud carecía de toda lógica. Debería haber parado varios minutos antes y certificado la hora del fallecimiento, pero no lo hacía, continuaba masajeando el corazón.



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