
Media hora más tarde, Betty telefoneó al profesor Fernstein y le dijo que Lauren ya no estaba bajo los efectos de la anestesia. El le preguntó cuáles eran sus constantes vitales. La enfermera le confirmó lo que se esperaba, que seguían estables, e insistió para que le repitiera lo que debía hacer.
– Desconecte el respirador -dijo el médico-. Yo bajaré enseguida -añadió antes de colgar.
Betty entró en la sala y separó la sonda de la cánula, dejando que la paciente intentara respirar por sí misma. Unos instantes después retiró la cánula, liberando de este modo la tráquea.
Apartó un mechón de pelo de la cara de Lauren, la miró con ternura y salió, apagando la luz. La habitación quedó bañada por la luz verde del aparato de encefalografía, cuyo trazado seguía siendo plano. Eran casi las nueve y media de la noche y todo estaba en silencio.
Al cabo de una hora, la señal del osciloscopio comenzó a temblar, al principio muy levemente. De pronto, el punto que marcaba el extremo de la línea se elevó considerablemente, para descender de forma vertiginosa y volver a la horizontal.
Nadie fue testigo de esta anomalía. El azar es así. Betty entró de nuevo en la estancia una hora más tarde. Tomó las constantes de Lauren, desenrolló unos centímetros de la tira de papel que expulsaba la máquina, vio la punta anormal, frunció el entrecejo y siguió revisando unos centímetros más. Al constatar que seguía habiendo una línea recta, tiró el papel sin darle más vueltas al asunto. Descolgó el teléfono mural y llamó a Fernstein.
– Soy yo. Tenemos un coma profundo con constantes estables. ¿Qué hago?
– Busque una cama en la quinta planta. Gracias, Betty.
