
– ¿No has oído a nadie más?
– Oye, Juana de Arco, ¿eres víctima del estrés?
Lauren lo miraba con cara de compasión.
Arthur meneó la cabeza. De todas formas, si estaban conchabados, Paul no cedería así como así. Por el altavoz oyeron a Paul que preguntaba de nuevo con quién hablaba. Arthur le pidió que lo olvidara todo y se disculpó por haberlo llamado tan tarde. Paul quiso saber si todo iba bien, si necesitaba que pasara por su casa. El lo tranquilizó; todo iba bien y le daba las gracias por su interés.
– De nada, amigo, despiértame cuando quieras para decir tonterías. No dudes en hacerlo, al fin y al cabo somos socios para lo bueno y para lo malo. Así que cuando estés así de mal, me despiertas y lo compartimos. Bueno, ¿puedo seguir durmiendo o hay algo más?
– Buenas noches, Paul. Y colgaron.
– Acompáñeme al hospital, ya podríamos estar allí.
– No, no la acompaño. Cruzar esa puerta sería dar crédito a la rocambolesca historia que me ha contado. Estoy cansado, señorita, y quiero acostarme, así que ocupe usted el dormitorio y yo me quedaré en el sofá; y si no, váyase. Es mi última oferta.
– ¡Pues qué bien! Me he topado con alguien más testarudo que yo. Váyase al dormitorio, yo no necesito cama.
– ¿Y usted qué hará?
– ¡Qué más le da!
– Pues no me da igual.
– Me quedaré en el salón.
– Hasta mañana por la mañana, y luego…
– Sí, hasta mañana por la mañana. Gracias por su hospitalidad.
– No vendrá a espiarme a mi habitación, ¿verdad?
– Puesto que no me cree, no tiene más que cerrar la puerta con pestillo. Pero, de todas formas, si es porque duerme desnudo, ya le he visto de sobra.
– ¡Creía que no era una mirona!
Ella le recordó que un rato antes, en el cuarto de baño, no hacía falta ser una mirona sino simplemente no estar ciega para verlo desnudo. Él se puso rojo como un tomate y le dio las buenas noches.
