
Tersgarino se fue convirtiendo en una idea fija: «Cuando venza a Tersgarino, el Rey me concederá título de Margrave de toda esta tierra y someterá a mí cuantos condes o barones deje con vida». Esta promesa -tal vez inventada, tal vez cierta- era la esperanza que, machaconamente, inculcaba el Conde a sus hijos. Ellos le creían fielmente y ponían en ella todo su coraje. Pero Tersgarino, y sus reales o imaginarios tesoros minerales, continuaban invisibles e inalcanzables en su privilegiada situación orográfica. Sus diabólicas maquinaciones con los esteparios les hacían rechinar los dientes. «Pagará tributos a la estepa para que lo dejen tranquilo», se decía a veces Olar.
Lo cierto es que la espalda del País de los Desfiladeros, único flanco vulnerable, daba a la estepa, pero los jinetes jamás turbaron sus dominios. Los estragos causados dentro de sus tierras, solía llevarlos a cabo Tersgarino sin ayuda de nadie: la única pena o castigo que se conocía en los Desfiladeros era el descuartizamiento del reo por caballos. Todos sus mineros eran prisioneros forzados y cuando envejecían eran liquidados a su vez de la forma antes descrita. El miedo a Tersgarino no era menos eficaz, para salvaguardarle del exterior, que los famosos peñones de su desfiladero. Inexorablemente, año tras año, batalla tras batalla, hombre tras hombre, perdió el Conde Olar todo intento contra el Margrave de los Desfiladeros. Su odio, su saña y su sed de aniquilarle duraron hasta el último de sus días. Tal vez a Tersgarino le ocurrió otro tanto, pero de esto no se tuvo constancia jamás.
Del camino alto de la tundra, casi cubierto por la maleza, sólo llegaban a veces el viento y un polvo gris como ceniza que de allí traía aquel. Se hacía cada vez más difícil el tránsito por aquellos parajes. Un Rey regía -al menos oficialmente- sus destinos, pero nadie, excepto el Conde Olar, le vio jamás, y el único que le conoció hablaba de un hombre que, en verdad, ya no existía: aunque él no lo supiera, el Rey ya no era sino una sombra de lo que realmente fue.
