
A pesar de todo, desde el día en que pisó aquella tierra por vez primera, hasta el último, en el que la muerte le sacó de allí, el Conde Olar no conoció jamás la paz. El Este, allí donde las colinas se suavizaban en anchas praderas y la hierba crecía hermosa y alta, apenas si podía servir de pasto a su escaso ganado, porque la amenaza más grande llegó siempre de aquel punto. Desde siempre y para siempre, el Conde Olar debió batirse, mientras tuvo vida, no sólo con sus vecinos, sino, sobre todo, con los temibles -para los campesinos, siervos y vasallos, verdadera imagen de los diablos infernales- Jinetes Esteparios. Las frecuentes incursiones de estos guerreros salvajes y ecuestres, extraordinarios jinetes, en tierras de Olar, sembraban la muerte, la rapiña y el terror. De forma que aquellas praderas morían lentamente, su hierba nacía y se agostaba y los límites del Conde se empequeñecían allí, para ser ganados día a día por la estepa y sus malditos y misteriosos guerreros. Venían y desaparecían: no deseaban tierras ni dominios, sólo incendiaban, robaban, mataban. Los pequeños templos y ermitas eran saqueados, llevábanse sus vasos de oro, destruían cuanto hallaban y arrasaban chamizos, aldeas y caseríos. Donde ellos pisaban, la vida moría, segada por tiempo y tiempo.
