
Lo mismo pasa con los descubrimientos científicos. A la gente le gusta considerar la ciencia como algo racional y razonable, que avanza paso a paso, de la hipótesis al experimento y por último a las conclusiones. El doctor Chin, el ganador de la beca Niebnitz del año pasado, escribió: «El proceso del descubrimiento científico es la extensión lógica de la observación mediante la experimentación.»
Nada más lejos de la verdad. El proceso científico es exactamente igual que cualquier otra empresa humana: complicado, azaroso y mal dirigido, y depende enormemente de la casualidad.
Fíjense en Alexander Fleming, que descubrió la penicilina cuando una espora entró por la ventana de su laboratorio y contaminó uno de sus cultivos.
O en Roentgen. Estaba trabajando con un tubo de rayos catódicos rodeado de planchas de cartón negro cuando vio un parpadeo de luz al otro lado de su laboratorio. Una hoja de papel cubierta de platinocianuro de bario fosforescía, aunque estaba aislada del tubo. Curioso; extendió la mano y la colocó entre el tubo y la pantalla. Y vio la sombra de los huesos de su mano.
Fíjense en Galvani, que estaba estudiando el sistema nervioso de las ranas cuando descubrió la corriente eléctrica. O Messier. No estaba buscando galaxias cuando las descubrió.
Buscaba cometas. Sólo las cartografió porque intentaba deshacerse de una molestia.
Nada de eso hace que el doctor Chin no merezca el millón de dólares de la beca Niebnitz. No es necesario comprender cómo funciona algo para hacerlo. Es el caso de conducir. Y del inicio de las modas. Y de enamorarse.
