– Eso está bien. No se lo conoce por su simpatía y encanto con la gente. Evidentemente, le has causado buena impresión. Juega bien las cartas, y terminarás viajando tú en ese Rolls.

– Tonterías. No lo volveré a ver. De todos modos, tengo a mi solitario Dan.

– No se me ocurriría usar ese término para tu Dan -dijo Dulcie-. Es aburrido, limitado. Solo sales con él porque lo conoces desde siempre, y te ve segura.

– Bueno, yo también lo doy por seguro. Es cómodo.

– ¡Dame paciencia, Dios mío, para no contestarle!-murmuró Dulcie, y volvió a su trabajo, después de que una vez más Gina le hiciera prometer que no abriría la boca.

Era cierto que conocía a Dan desde la infancia, y que se sentía cómoda con él, pero, ¿qué tenía de malo eso?, pensó ella a la defensiva. Los largos años de minusvalía la habían dejado deseosa de valorar lo que tenía.

Esa noche lo iba a encontrar en un pequeño restaurante a unos pocos kilómetros. Pidió un taxi, y luego, en un impulso, llamó al taller y preguntó por su coche.

– Tiene suerte -le dijo el jefe de los mecánicos-. No es fácil encontrar un nuevo motor que valga. Pero por el señor Page, hacemos lo imposible.

– Perdone… ¿Ha dicho un nuevo motor?

– No había otra posibilidad. También le hemos cambiado la dirección.

– Pero eso costará una fortuna.

– Bueno, la factura es para él, así que, ¿para qué se preocupa?

– ¡Oh, no! No quiero esto…

– Es tarde. El coche está desarmado ahora.

Abrumada, Gina colgó. Necesitaba el motor nuevo. ¡Pero deberle tanto a un extraño!

Sin embargo, Carson Page era un hombre rico que seguramente resolvía con dinero todos los problemas. Así que no volvería a pensar en aquello.



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