
– Yo no lo tengo en el bolsillo, por mi madre.
– Mario, Mario, corta ahí la confianza -y era otra voz-. El caso ya es de nosotros y te espero aquí en una hora. Si tienes la presión alta te pones una inyección y arrancas para acá.
Descubrió la cajetilla de cigarros en el suelo. Era la primera alegría de aquella mañana. La cajetilla estaba pisoteada y mustia, pero la miró con todo su optimismo. Se deslizó por el borde del colchón hasta sentarse en el suelo. Metió dos dedos en el paquete y el tristísimo cigarro le pareció un premio a su formidable esfuerzo.
– ¿Tú tienes fósforos, Viejo? -le dijo al teléfono.
– ¿A qué viene eso, Mario?
– No, nada. ¿Qué estás fumando hoy?
– Ni te lo imaginas -y la voz sonó complacida y viscosa-. Un Davidoff, regalo de mi yerno por el fin de año.
Y él pudo imaginar lo demás: el Viejo contemplaba la capa sin nervios de su habano, aspiraba el humo tenue y trataba de mantener el centímetro y medio de ceniza que hacía perfecta la fumada. Menos mal, pensó él.
– Guárdame uno, ¿está bien?
– Oye, tú no fumas tabaco. Compra Populares en la esquina y ven para acá.
– Ya, ya lo sé… Oye, ¿y cómo se llama el hombre?
– Espérate… Aquí, Rafael Morín Rodríguez, jefe de la Empresa Mayorista de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias.
– Espérate, espérate -pidió Mario y observó su desganado cigarro. Le temblaba entre los dedos, pero quizá no fuera por el alcohol-. Creo que no te oí bien. ¿Rafael qué dijiste?
