
La familia King llevaba en California central desde antes de que empezara la fiebre del oro. Habían sido mineros, rancheros, granjeros y constructores navales. A lo largo de los años, la familia había ampliado sus intereses, expandiendo su dinastía. Generación tras generación, habían ampliado el imperio familiar.
Con una salvedad: su bisabuelo, Simón King, había sido jugador. Y para costear su vicio había vendido partes de su herencia. Por fortuna, los King que lo sucedieron mantuvieron intacto el resto del patrimonio.
Adam no sabía si conseguiría que sus hermanos lo entendieran, ni estaba seguro de que mereciera la pena intentarlo. Había dedicado los últimos cinco años a volver a recomponer el rancho y no se detendría hasta concluir su tarea.
– Bien -dijo Jackson, lanzándole a Travis una mirada para que no dijese más-. Si es tan importante para ti, adelante.
– No necesito vuestro permiso -rezongó Adam-, pero gracias.
Jackson sonrió. Era el hermano menor y era casi imposible irritarlo.
– Pero necesitarás mucha suerte para recuperar esa tierra de los Torino -tomó un sorbo de whisky y soltó un suspiro dramático-. El viejo se aferra a todo lo suyo con ambas manos -torció la boca-. Igual que tú, hermano mayor. Sal no va a venderte la tierra sin más.
– ¿Cuál era el dicho favorito de papá? -preguntó Adam, alzando su copa de brandy.
– «Todo hombre tiene un precio» -dijo Travis, alzando su vaso-, «se trata de encontrarlo lo antes posible».
– Puede que Salvatore Torino sea la excepción a esa regla -Jackson movió la cabeza, pero alzó el vaso hacia sus hermanos.
– Imposible -afirmó Adam, ya saboreando la victoria por la que había trabajado cinco años. No permitiría que un vecino testarudo se la robara-. Sal tiene un precio. Lo encontraré.
* * *
Gina Torino enganchó el tacón de su gastada bota en el travesaño inferior de la verja de madera. Apoyó los brazos en el travesaño superior y miró el prado que se extendía ante ella. El sol brillaba, la hierba era verde y abundante y un potrillo recién nacido trotaba junto a su madre.
