– ¿… Sensatez? -ofreció Gina con una sonrisa. Adoraba a su madre, pero era un incordio tener que pedirle disculpas continuamente por no estar casada y embarazada.

– ¡Sensatez! ¿Es sensato vivir sola? ¿No tener amor en tu vida? No -espetó Teresa-. No lo es.

Sería más fácil discutir con su madre si Gina no estuviera de acuerdo con ella hasta cierto punto. Una vocecita en su cabeza le susurraba que se estaba haciendo mayor y que renunciase a las viejas fantasías que tendría que haber desechado hacía años.

Pero no conseguía hacerlo.

– Estoy bien, mamá -dijo, deseando creerlo.

– Claro que sí -Teresa le dio una palmadita cariñosa en el antebrazo.

Gina aceptó el gesto, aunque sabía que sólo era un intento de su madre para aplacarla.

– ¿Dónde está papá? -preguntó-. Iba a venir a ver al recién nacido esta mañana.

– Ha dicho que tenía una reunión -Teresa agitó la mano-. Muy importante.

– ¿Sí? ¿Con quién?

– ¿Crees que me dice esas cosas? -Teresa resopló con frustración y Gina sonrió. Su madre odiaba no estar al tanto de todo lo que ocurría.

– Bueno, mientras papá está en su reunión, tú puedes conocer al nuevo bebé.

– Caballos -masculló Teresa-. Tú y tus caballos.

– Ven -Gina rió y agarró a su madre de la mano.

Mientras iban hacia la verja, se oyó el motor de un coche acercarse por el camino, desde la carretera principal. El lujoso automóvil negro dejaba remolinos de polvo a su paso y algo se removió en el interior de Gina al reconocerlo. Intentó controlar la sensación, pero se quedó sin aliento y se le secó la boca.

No le hizo falta mirar la matrícula, KING I, para saber con certeza que lo conducía Adam King. Tenía una especie de radar interno que entraba en acción en cuando Adam se acercaba.



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