Se levantó de un salto, abrió un baúl, buscó ropa limpia y la tiró sobre la cama. Quitó la tranca a la puerta, espió el pasillo y se dirigió apresuradamente hacia el agua con la jarra de porcelana. Sumergió un dedo en el agua y masculló con una mueca de desagrado, «Ah, fantástico… realmente fantástico». De todos modos, llenó la jarra, la llevó al cuarto goteando y, pese a la fría temperatura del agua, aprovechó el jabón y la intimidad. Treinta minutos después, todavía temblando y con el cabello recogido en la nuca, zapatos negros de tacón alto, falda de lana marrón, blusa sobria a juego con el resto del conjunto y un abrigo de lana cruzado, dejó el Hotel Grand Central.

Era una fría mañana de septiembre. En la acera de madera se estremeció de nuevo, miró a un lado y a otro de la calle y se puso los guantes mientras sujetaba la bolsa de dinero bajo un brazo y una libretita de notas en la boca. Caminó hasta el final de la acera dando ruidosos golpes de tacón en el suelo hueco y escrudriñó la calle lateral. Terminaba detrás del hotel, donde el arroyo Whitewood repiqueteaba tras unirse al arroyo de Deadwood. Al otro lado del río, la pared del cañón se erguía abruptamente, privando a la calle de la luz del sol. Tomando las sombras como referencia, Sarah dedujo que el cañón se extendía en una línea nordeste-sudoeste. Ella y el Grand Central se encontraban en el extremo sudoeste; «el páramo» y su hermana en el nordeste.

Alzó la vista al cielo azul y dio media vuelta. Las paredes del cañón eran impresionantes; iban de un saliente de piedra arenisca a la altura del nacimiento del arroyo hasta una extensión de piedras blancas imponentes, que, como enormes dientes de tiburón, parecían morder el firmamento azul. El relieve rocoso alternaba con bosques de pinos altos que cubrían las colmas en largos tramos ondulantes y luego descendían siguiendo los collados y arroyos como dedos irregulares negros y verdes. Los pinos vivos se elevaban y surgían como torres; los secos, ensombrecían el collado con una alfombra enmarañada y retorcida, proporcionando al Cañón Deadwood



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