Ha elegido con esmero todos los detalles de su indumentaria. Viste un par de pantalones blancos preciosos, una camiseta y una cazadora ajustada de color lila con un gran cinturón. Lleva una carpeta con varios dibujos y fotografías impresas en un soporte rígido. Y, claro está, el curriculum que mandó con anterioridad junto a la solicitud para poder realizar las prácticas. El corazón le late a toda velocidad. ¿Cómo irá la entrevista? Quién sabe cuántas preguntas le harán. A pesar de que pagan una miseria por las prácticas, éstas pueden suponer una buena ocasión para ella. Pasar unos meses allí, trabajar en alguna campaña, ganarse la simpatía de alguien, todo eso podría abrirle numerosas puertas. Incluso la posibilidad de conseguir un trabajo de verdad. Ojalá.

La chica de color se levanta del sofá. Una de las dos recepcionistas le ha indicado que se acerque con un ademán. Olly consigue oír lo que dicen: la están esperando en el piso de arriba. Se vuelve y les dice a las mujeres que están con ella que la sigan. Acto seguido, empieza a subir la escalera con unos movimientos elegantes e inequívocos.

Caramba, piensa Olly, es despampanante. Pero ¿y yo? ¿Cuándo me tocará a mí? Mira el reloj. Son ya las seis. Me dijeron que viniera a las cinco y media. Uf. Hasta los zapatos empiezan a dolerme. Los llevo puestos desde esta mañana. No estoy acostumbrada. Los tacones son demasiado altos. Lanza una última ojeada a la modelo, que en esos momentos desaparece en lo alto de la escalinata. Menuda suerte tiene de llevar zapatillas de deporte. Pero ella tiene la vida resuelta. Ya trabaja.

Al cabo de unos instantes, una de las dos recepcionistas se asoma.

– Perdone, señora Crocetti…

Olly se vuelve. -¿Sí?

– Acaban de avisarme de que puede usted subir. Egidio Lamberti la está esperando. Suba y llame a la primera puerta de la derecha. De todas formas, el nombre está escrito en la placa… -y le sonríe de manera afable, aunque circunspecta.



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