
– Has vuelto…
– No, sólo estoy de paso…
– ¿Y ahora qué haces?
– Me voy.
– ¿Cómo que te vas?
– Me voy. Es mejor así. Hazme caso, Alex.
– Pero nuestra casa, nuestras cosas, las fotos de nuestros viajes…
– Te las dejo.
– No, me refería a cómo es que no te importan.
– Me importan, ¿por qué dices que no me importan…?
– Porque te vas.
– Sí, me voy, pero me importan.
Alessandro se pone en pie, la abraza y la atrae hacia sí. Pero no intenta besarla. No, eso no, eso sería demasiado.
– Por favor, Alex… -Elena cierra los ojos, relaja la espalda, se abandona. Luego suelta un suspiro-. Por favor, Alex… déjame marchar.
– Pero ¿adónde vas?
Elena sale por la puerta. Una última mirada.
– ¿Hay otro?
Elena se echa a reír, mueve la cabeza.
– Como de costumbre, no te enteras de nada, Alex… -Y cierra la puerta tras ella.
– Sólo necesitas un poco de tiempo, pero ¡quédate, joder, quédate!
Demasiado tarde. Silencio. Otra puerta se cierra pero sin hacer ruido. Y hace más daño.
– ¡Tienes mi desprecio sentimental, joder! -le grita Alessandro cuando ya se ha ido. Y ni siquiera sabe lo que quiere decir esa frase. Desprecio sentimental. Bah. Lo decía tan sólo para herirla, por decir algo, por causar efecto, por buscar un significado donde no hay significado. Nada.
Otra curva. Este coche va de maravilla, nada que objetar. Alessandro pone un CD. Sube la música. No hay nada que se pueda hacer, cuando algo nos falta, debemos llenar ese vacío. Aunque cuando es el amor lo que nos falta, no hay nada que lo llene de verdad.
Tres
Misma hora, misma ciudad, sólo que más lejos.
– ¡Dime qué tal me queda!
– ¡Estás ridícula! ¡Pareces Charlie Chaplin!
