
Niki le da una patada.
– ¡No!
– Eh, chicas, a propósito, ¿cómo fue vuestra primera vez?
Todas se vuelven de golpe hacia Olly. Después se miran las unas a las otras. Diletta se queda súbitamente seria y silenciosa. Olly sonríe:
– ¡Vaya, ni que os hubiese preguntado si alguna vez habéis matado a alguien! Está bien, ya lo pillo, empiezo yo para que así se os pase la timidez. Veamos…, Olly fue una niña precoz. Ya en la guardería, le plantó un beso en plena boca a su compañerito Ilario, más conocido por el Sebo, debido a la enorme producción de porquería que procedía de los miles de granitos que salpicaban su carita como pequeños volcanes…
– ¡Qué asco, Olly!
– ¿Qué quieres que te diga?, a mi me gustaba, siempre hacíamos carreras juntos en el tobogán. En la escuela le tocó el turno a Rubio…
– ¿Rubio? Pero ¿tú los besas a todos?
– ¿Eso es un nombre?
– ¡Es un nombre, sí! Y muy bonito además. El caso es que Rubio era un chavalito muy guay. Nuestra historia duró dos meses, de pupitre a pupitre.
– Vale, Olly, está bien, pero así es muy fácil. Tú has hablado de la primera vez, no de historias de cuando éramos niñas -la interrumpe Niki mientras se sienta con las piernas cruzadas y se apoya en el cabezal de la cama.
– Tienes razón. Pero ¡os quería hacer entender cómo ciertas cosas ya se manifiestan desde que uno es pequeño! ¿Queréis oír algo fuerte? ¿Estáis listas para una historia digna del Playboy? Allá voy. Mi primera vez fue hace casi tres años.
– ¡¿A los quince?!
– ¡¿Estás diciendo que perdiste la virginidad a los quince años?! -Diletta la mira con la boca abierta.
– Pues sí, ¿para qué quería guardarla? ¡Ciertas cosas es mejor perderlas que encontrarlas! En fin, yo estaba allí… una tarde después del cole. Él, Paolo, me llevaba dos años. Era un chico tan guay que no podía ser más guay. Le había cogido el coche a su padre sólo para dar una vuelta conmigo.
