Estrellas, estrellas hermosísimas. Sólo estrellas en el cielo nocturno. Estrellas lejanas. Estrellas malditas que saben. Sale a la terraza. Techo de madera, celosía, en las esquinas espléndidas vasijas antiguas, lisas, lo mismo que delante de cada ventanal. Un poco más allá, largos toldos de color claro, pastel, que matizan la salida y la puesta del sol. Como una ola que rodea la casa, que se pierde lenta a la entrada de cada habitación y, una vez dentro, esa misma ola continúa incluso en los colores de la pared. Pero lo único que logra ahora todo eso es causarle más daño aún.

– ¡Aaahhh! -De repente Alessandro empieza a gritar como un loco-: ¡Aaahhh!

Ha leído que desahogarse alivia.

– Eh, tú, ¿has acabado? -Un tipo está asomado a la terraza de enfrente.

Alessandro se oculta de inmediato detrás de una enorme planta de jazmín que tiene en la terraza.

– Bueno, ¿has acabado o no? Tú, guapito de cara; te estoy viendo, ¿estás jugando a policías y ladrones?

Alessandro retrocede un poco para apartarse de la luz.

– ¡Te he pillado! Te he visto, te he pillado. Mira, estoy viendo una peli, así que, si te agobias, ve a dar una vuelta…

El tipo vuelve a meterse en casa y corre de golpe una gran puerta de vidrio, después baja las persianas. De nuevo el silencio. Alessandro se agacha y entra lentamente en la casa.

Abril. Estamos en abril. Y empieza negro. Y encima ese gilipollas… Me cojo un ático en el barrio de Trieste y resulta que el único gilipollas vive justo enfrente de mi casa. Suena el teléfono. Alessandro corre, atraviesa el salón y aguarda con un poco de esperanza. Un timbrazo. Dos. Se activa el contestador automático. «Ha llamado al 0680854… -y sigue-, deje su mensaje…» A lo mejor es ella. Alessandro se acerca al contestador esperanzado: «…después de la señal». Cierra los ojos.

– Ale, tesoro. Soy yo, tu madre. ¿Qué hay de ti? Ni siquiera respondes al móvil.



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