Ambos ponían sus desarrolladas inteligencias al servicio de su compañero y, en la mayor parte de los casos, la relación se caracterizaba por una notable amistad y camaradería. El simbiota se entendía con su compañero por medio de determinados movimientos por los cuales entraba en contacto con los órganos sensoriales del mismo: por lo general, después de varios años de convivencia, una multitud de señales que pasarían inadvertidas para cualquier otro ser, servían a los dos compañeros para desarrollar una velocidad extraordinaria en sus conversaciones, sólo comparable con las comunicaciones telepáticas. Estas señales eran variadísimas; podía el simbiota provocar una contracción en alguno o en todos los músculos de su anfitrión, o ensombrecer las imágenes formadas en su retina, o hacer caer un poco del pelo con que la otra raza estaba espesamente cubierta…

Tratándose de Bob, las cosas eran un poco distintas, pero, no obstante, existía la posibilidad de apelar a sus sentidos. El Cazador percibió difusamente que en el primer momento, el muchacho experimentaría algunas perturbaciones dé tipo emocional. Pero estaba seguro de que conseguiría reducir al mínimo dicha perturbación. Su raza había practicado la simbiosis durante tanto tiempo que no existía para ellos el problema de establecer contacto con un ser que no estuviera acostumbrado a eso.

Había tejido una malla «protectora» entre los músculos del muchacho, que podía contraerse del mismo modo que los músculos, aunque con mucha menos fuerza, Además… contaba con la máquina de escribir. Si Bob se hallaba frente a la máquina en un momento determinado, sin saber qué escribir, el Cazador podría mover algunas teclas a su favor. El éxito del experimento dependería casi exclusivamente de la reacción del muchacho cuando comprobara que sus dedos se movían sin intervención de su voluntad. El Cazador hacía todo lo posible para sentirse optimista.



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