
Afuera estaba oscuro. Moldeó un ojo con sus propios tejidos —los del perit habían reventado—, pero no pudo ver nada. De pronto, sin embargo, advirtió que la presión no era constante a su alrededor; aumentaba y disminuía en forma evidente y con cierto ritmo; y el agua trasmitía a su carne sensible las ondas de presión de alta frecuencia, que él interpretó como sonidos. Escuchando atentamente, llegó a la conclusión de que debía hallarse bastante cerca de la superficie de una masa de agua suficientemente grande como para formar olas de muchos pies de altura y que, además, se aproximaba una tormenta de violencia considerable. Durante su catastrófico descenso no había advertido ninguna perturbación en el aire, pero esto nada significaba, ya que había atravesado la atmósfera con tanta rapidez que resultaba imposible registrar el movimiento de los vientos.
Al introducir otros seudópodos en el barro que rodeaba los restos del aparato, descubrió, aliviado, que había vida en el planeta; en realidad, estaba casi seguro de ello. Había bastante oxígeno en el agua como para poder subsistir, siempre que no se hicieran esfuerzos demasiado grandes, y debía haber, por consiguiente, oxígeno libre en la atmósfera. Había además motivos para pensar que la existencia de seres vivos era un hecho y no una mera probabilidad; y le satisfizo localizar en el barro una cantidad de pequeños moluscos bivalvos, que, después de probarlos, le parecieron comestibles.
Como en esa parte del planeta era de noche, decidió continuar la investigación cuando hubiera más luz y dedicar su atención por el momento a examinar los restos de la nave. No esperaba que los resultados de este análisis fueran alentadores, pero experimentó un tétrico sentimiento al comprobar que la destrucción había sido total. Las partes metálicas de la sala de máquinas se habían deformado por efecto de las tensiones soportadas. La cabina de cambios del comando principal, menos sólida, estaba aplastada y retorcida.
