
– Tiene sentido.
– Pues explícame el sentido de esto, Figaro. Yo nunca cargué más del 5% por mis servicios financieros. Un diez por ciento me suena más a usura que a comisión.
– La mayoría de clientes que pagan un 5 % pagan también impuestos. Y aceptan cheques.
– Entendido.
Figaro se levantó y fue hasta detrás del escritorio. Cuando volvió al sofá llevaba una bolsa de deporte. La dejó al lado de Dave y volvió a sentarse.
– Prefieres metálico, ¿no?
– ¿No lo prefiere todo el mundo?
– No en estos tiempos. Puede ser difícil explicar de dónde ha salido. Bueno, ¿has pensado qué vas a hacer con el dinero?
– No es exactamente una cantidad de dinero como para salir de la mierda, Jimmy. Con trescientos, menos el cambio, no te puedes costear un gran tren de vida.
– Te podría aconsejar algunas cosas. Quizás algunas inversiones.
– Gracias Jimmy, pero me parece que no puedo permitirme tu tarifa.
– Considérala olvidada. ¿Sabes?, ahora es un momento perfecto para entrar en la propiedad de tierras. Hay muchos terrenos a buen precio por todo el país. Da la casualidad de que estoy metido en la construcción de casas en un club de campo de la isla Deerfield.
– ¿No es la isla que quería comprar Al Capone?
Figaro sonrió a través del humo del cigarro.
– De eso hace cincuenta años.
– Quizás, pero pensaba que la isla había sido declarada reserva natural. Con los mapaches y los armadillos y todo eso.
– Ya no. Además, los mapaches no son naturaleza; son una plaga. Piénsatelo, de verdad. Ve y echa una ojeada. Techos de tres metros de alto, cocinas-comedor para gourmets, gimnasio, vista al canal intercostero. Desde sólo doscientos mil.
– Muchas gracias Jimmy, pero no.
Inclinándose por encima del brazo del sillón, Dave abrió la cremallera de la bolsa y miró dentro.
– Necesito este dinero para establecerme en algo. Algo que parezca un poco más real que unas tierras en un vertedero.
