
El viejo se lo había tomado bien, había formulado unas cuantas preguntas y le había deseado lo mejor. Algunas cosas no funcionaban; Luther lo sabía tan bien como cualquiera. Pero mientras se iba, Jack había visto un brillo en los ojos del hombre, y entonces se cerró la puerta tras aquella parte de su vida.
Jack apagó la luz y cerró los ojos, consciente de que le esperaba otro futuro. Estaba un día más cerca de conseguir la gran recompensa de su vida, la fortuna que todos deseaban. Saberlo no le ayudó a dormir.
3
Mientras Luther miraba a través del espejo, se le ocurrió que los dos formaban una pareja muy atractiva. Era una opinión absurda en estas circunstancias, pero eso no invalidaba la conclusión. El hombre era alto, bien parecido, un cuarentón muy distinguido. La mujer tendría poco más de veinte años; el pelo largo y dorado, el rostro oval y encantador, con unos ojos inmensos azul oscuro que ahora miraban con amor a su acompañante. Él le acarició la mejilla de terciopelo; ella le besó la palma de la mano.
El hombre tenía dos vasos y los llenó con el contenido de la botella que había traído con él. Le dio uno a la mujer. Chocaron los vasos, sin dejar de mirarse; él se bebió el contenido de un trago mientras ella sólo bebía un sorbo. Dejaron los vasos, y se abrazaron. Él deslizó las manos por la espalda de la joven y después las subió hasta los hombros desnudos. Los brazos y hombros de ella eran fuertes y estaban bronceados por el sol. Él le sujetó los brazos, admirado, mientras se inclinaba para besarle el cuello.
Luther desvió la mirada, avergonzado por ser testigo de este encuentro tan personal. Una emoción extraña, si tenía en cuenta que aún se enfrentaba al peligro de ser descubierto. Pero no era tan viejo como para no apreciar la ternura, la pasión que poco a poco se desplegaba ante él.
