
– ¿Por qué has dejado de ladrarme?
– Porque no tenía ningún efecto -admitió él.
– Has hecho bien. Agárrate a mí, te ayudaré a levantarte.
Vincente dejó que lo llevara al dormitorio, le quitase todo menos los calzoncillos y lo acostara.
– Siento haberte gritado. A veces soy un poco…
– Ya lo sé. Más que un poco. Quédate quieto.
El médico llegó diez minutos después. Vincente y él eran viejos amigos. Lo reconoció y luego rezongó.
– Has tenido suerte -dijo-. Un tobillo torcido y un par de músculos dislocados en la espalda que dolerán mucho, pero no es grave. Un par de días en la cama ayudarán. Enviaré a una enfermera.
– No -refutó Vincente-. No quiero desconocidos.
– Yo me ocuparé -dijo Elise.
– Gracias -dijo el médico-. Básicamente tendrá que hacer de criada para todo -miró a Vincente con sorna-. Si es capaz de soportarlo, signora.
– Puede que sea él quien lo pase mal conmigo -contestó ella, irónica. Vincente la miró con admiración.
Capítulo 6
– Tenías razón -dijo Vincente cuando el médico se fue.
– Ha dicho que no es grave -le recordó Elise.
– Es peor de lo que quería admitir. Debería haberte escuchado -agarró su mano-. Gracias por cuidar de mí. Supongo que debería pedir disculpas por imponerte mi presencia; no se me ocurrió pedírtelo antes.
– ¿Por qué será que eso no me sorprende?
– ¿Estoy siendo un pesado insoportable?
– No más de lo habitual. Por suerte, tengo sentido del humor.
Él consiguió esbozar una sonrisa dolorida.
– Debo llamar a mi secretaria. Necesito que me traiga unos informes mañana a primera hora.
– ¿No pensarás trabajar?
– Un día libre es cuanto puedo permitirme.
– Pero estás enfermo.
– Oficialmente no.
– Al cuerno con lo oficial. No puedes moverte.
– El médico ha dejado analgésicos fuertes. He tomado dos y pronto harán efecto -insistió él.
