
De modo que cuando Holly bajó todos exclamaron embelesados, mientras Ciara, que parecía una cría de diez años que acabara de recibir una azotaina, la miró con ojos empañados y labios temblorosos y dijo:
– Estás preciosa, Holly.
Los siete se hacinaron en la limusina: Holly, sus padres, sus tres hermanos y Ciara, todos guardando un aterrado silencio durante el trayecto hasta la iglesia. Aquella jornada era ya un vago recuerdo. Apenas había tenido tiempo de hablar con Gerry, pues ambos eran reclamados sin tregua en direcciones distintas para saludar a la tía abuela Betty, surgidade no se sabía dónde, y a la que no había vuelto a ver desde su bautizo, y al tío abuelo Toby de América, a quien nadie había mencionado hasta la fecha, pero que de repente se había convertido en un miembro muy importante de la familia.
Desde luego, nadie la había prevenido de lo agotador que sería. Al final de la noche le dolían las mejillas de tanto sonreír para las fotografías y tenía los pies destrozados después de andar todo el día de aquí para allá calzada con unos ridículos zapatitos que no estaban hechos para caminar. Se moría de ganas de sentarse a la mesa grande que habían dispuesto para sus amigos, quienes habían estado partiéndose el pecho de risa durante toda la velada, pasándolo en grande. En fin, al menos alguien había disfrutado del acontecimiento, pensó entonces. Ahora bien, en cuanto puso un pie en la suite nupcial con Gerry, las preocupaciones del día se desvanecieron y todo quedó claro.
Las lágrimas corrían de nuevo por el rostro de Holly, que de pronto cayó en la cuenta de que había vuelto a soñar despierta. Seguía sentada inmóvil en el sofá con el auricular del teléfono aún en la mano. Últimamente perdía a menudo la noción del tiempo y no sabía qué hora ni qué día era. Parecía como si viviera fuera de su cuerpo, ajena a todo salvo al dolor de su corazón, de los huesos, de la cabeza. Estaba tan cansada… Las tripas le temblaron y se dio cuenta de que no recordaba cuándo había comido por última vez. ¿Había sido ayer?
