Y me dije, desolada: "Estarán ya amarillas y arrugadas, yo no he comido ninguna". Porque aquella misma noche Mauricia empezó a encontrarse mal, y ya no se pudo levantar de la cama, y mandó escribir a la abuela -oh, ¿por qué, por qué había pasado?-. Procuré llevar el pequeño carro de mis recuerdos hacia las varas de oro, en el huerto, o a las ramas de tonos verdes, resplandecientes en el fondo de las charcas. (A una charca, en particular, sobre la que brillaba un enjambre de mosquitos, verdes también, junto a la que oía como me buscaban, sin contestar a sus llamadas, porque aquel día fue la abuela a buscarme -vi el polvo que levantaba el coche en la lejana carretera-, para llevarme con ella a la isla.) Y recordé las manchas castañas de las islas sobre el azul pálido de mis mapas -queridísimo Atlas-. De pronto, la cama y sus retorcidas sombras en la pared, hacia las que caminaban las hormigas, de pronto -me dije-, la cama estaba enclavada en la isla amarilla y verde, rodeada por todas partes de un azul desvaído. Y la sombra forjada, detrás de mi cabeza -la cama estaba casi a un palmo del muro-, me daba una sensación de gran inseguridad. Menos mal que llevé conmigo, escondido entre el jersey y el pecho, mi Pequeño Negro de trapo -Gorogó, Deshollinador-, y lo tenía allí, debajo de la almohada. Entonces comprendí que había perdido algo: olvidé en las montañas, en la enorme y destartalada casa, mi teatrito de cartón. (Cerré los ojos y vi las decoraciones de papeles transparentes, con cielos y ventanas azules, amarillos, rosados, y aquellas letras negras en el dorso: El Teatro de los Niños, Seix y Barral, clave telegráfica: Arapil. Al primer telar, número 3… "La estrella de los Reyes Magos", "El alma de las ruinas", y el misterio enorme y menudo de las pequeñas ventanas trasparentes. Oh, cómo deseé de nuevo que fuera posible meterse allí, atravesar los pedacitos de papel, y huir a través de sus falsos cristales de caramelo.


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