Sin embargo, no era la primera vez que pasaba frío, y el acre olor de la pinaza le recordó que también se había arrastrado de ese modo en más de una ocasión. En 1863, había rodeado a toda una patrulla yanqui avanzando sobre su estómago y pasando a menos de un metro de un centinela, para luego regresar junto al coronel Mosby e informarle sobre la patrulla y la posición de los soldados enemigos. También había avanzado reptando por el lodo una lluviosa noche de noviembre con una bala en la pierna y los yanquis buscándolo entre los arbustos. Sólo el hecho de estar completamente cubierto de barro le había salvado de ser capturado aquella vez.

Le costó una media hora regresar a la cima de la colina y deslizarse por ella tan sigilosamente como una serpiente hasta alcanzar el río. Una vez allí, hizo una pausa permitiendo que sus ojos examinaran los árboles que lo rodeaban en busca de una forma que desentonara con el paisaje, mientras trataba de captar el sonido de unos cascos o el resoplido de un caballo. Si Trahern era tan astuto como imaginaba, habría cambiado de sitio a los animales; aunque quizá fuera demasiado cauteloso como para exponerse de esa forma.

¿Durante cuánto tiempo podía mantenerse el cazarrecompensas alerta con todos sus sentidos aguzados? Un esfuerzo así agotaba a la mayoría de hombres que no estaban acostumbrados a ello. Sin embargo, McCay estaba tan habituado que lo hacía casi sin pensar. Los últimos cuatro años no habían sido muy diferentes al tiempo que había pasado en la guerra, exceptuando que ahora estaba solo, y que no robaba dinero, armas o caballos a los soldados de la Unión. Además, si lo atrapaban ahora, no quedaría libre en un intercambio de prisioneros; ningún representante del orden, fuera del tipo que fuera, le dejaría escapar con vida. El precio por su cabeza, vivo o muerto, lo garantizaba.



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